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El último esprint para Compostilla II
Primera hora de una mañana fría de invierno en Cubillos del Sil (León). El viento moderado del norte desploma la sensación térmica en la carretera del pantano de Bárcena donde Cubillos se acaba soldando con Ponferrada y que hoy, un 12 de febrero de 2026, está cortada como parte del perímetro de seguridad para la última voladura del desmantelamiento de la central térmica de carbón de Compostilla II. Ese mastodóntico símbolo del Bierzo, esa reliquia de la época en la que la generación de energía brotaba del suelo, de las vetas de carbón que se desgajaban del fondo de la tierra, y que las emisiones de CO2 fue dejando fuera del mercado.
Más de 1.000 kilos de explosivos derribarán unas horas más tarde dos chimeneas, de 270 y 290 metros de altura cada una, y una inmensa nave de tolvas. Tres elementos icónicos en una única operación de apenas unos segundos, un avance gigantesco en la obra en un abrir y cerrar de ojos. Todo un reto de ingeniería, que, como el resto de los negocios, lucha cada día por hacer más seguros y eficientes los procesos, en hacer más con la mayor seguridad y el mínimo esfuerzo posible.
Es el último esprint para completar el desmontaje de la central que supera el 90% y que a finales de año ya estará prácticamente concluido. El terreno volverá a su estado original. Parece raro imaginarlo todo a cota cero, porque las estilizadas chimeneas de la central semejaban un eterno fondo de pantalla dibujado en el aire.
La Guardia Civil y Protección Civil apuntalan el dispositivo de control para que los curiosos que empiezan a aparecer respeten los límites del área de seguridad. Las cámaras se agolpan en los puntos con mejor perspectiva. Todos quieren inmortalizar un pequeño trocito de la historia del Bierzo, de ese adiós a los combustibles fósiles para seguir la senda hacia la producción con renovables y la independencia energética. Viento, agua y sol, pilares para lograr la descarbonización, precios competitivos y atraer nuevas oportunidades en la reindustrialización de Europa.
Se acerca el momento. La señal acústica que precede a la explosión. Un estruendo repentino y después una espesa columna de humo que lo envuelve todo. La suave llovizna y la brisa que ha ido ganando intensidad a lo largo de la mañana se encargan de disiparla. De repente, un batallón de toneladas de hormigón yace esperando a ser reciclados, a que la economía circular les otorgue una segunda oportunidad. Un futuro diferente por el que también suspiran quienes se marchan con calma de la carretera que abraza el pantano de Bárcena.